El pequeño botones iba de una habitación a otra, de un piso a otro, repartiendo una flor.Se había enamorado locamente de la recepcionista y quería que todo el mundo fuera testigo de esa felicidad que le inundaba.
La gente la aceptaba con agrado, sonreían con complacencia al ver que aún quedaban resquicios de candidez en aquel gran hotel impersonal.
Recorría cada pasillo del rascacielos dando pequeños brincos.
Según descendía su corazón se aceleraba, esperando el momento de llegar al la planta 0, al mostrador y darle la flor a ella, la pequeña recepcionista que atendía llamadas y repartía llaves con una voz angelical.
La misma que rechazó aquella flor por tener una terrible alergia al polen.
A lo que siguió un estruendoso estornudo.
El pequeño botones volvió a la última planta del edificio.
Nunca más se supo de él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario