El pequeño vendedor de ilusiones por fascículos preguntó, nada más abrirle la puerta, si podía utilizar el servicio.La pequeña enlatadora de sueños en escabeche respondió que sí, que adelante.
El cerró la puerta con pestillo, mientras ella esperaba al otro lado.
Se escuchó un golpe seco. Luego, el sonido de la cadena. Desapareció.
La policía mintió a la prensa diciendo que aquel pequeño vendedor nunca había existido.
La editorial en la que trabajaba había pagado una cuantiosa suma por esa declaración policial.
La pequeña enlatadora fue internada en un centro especial para psicóticos con buena educación.
Lo único cierto es que desde entonces, la vecina del tercero no hace más que quejarse de un atasco que no le permite usar el bidé.
Eso es lo relevante.
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