Me detuve inquieta un instante,
dudando si sería yo aquella,
o solamente una extraña parecida.
Así que la pregunté si me conocía.
Quién era y a dónde iba.
Me miró confusa, como queriendo decir algo,
pero no pudo.
Enseguida lo comprendí.
Me despedí y la dejé marchar.
Porque no hay nada que una pueda decirse a sí misma,
que no sepa aún y desee escuchar.
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