Por qué nos enamoramos, de qué.
Por qué, aunque sepamos que vamos a sentirnos atrapados,
que llegará un momento en el que desearíamos haber salido corriendo,
no haber conocido a esa persona que nos hizo tan dependientes,
que nos cambió la vida, con lo a gusto que estábamos nosotros antes.
Por qué, aunque razonablemente queramos alejarnos, terminamos lanzando la misma red, dejándonos pillar. No somos capaces de renunciar a ese escalofrío.
Cuando conocemos a alguien que nos conmueve siempre es alguien perfecto,
que tiene a nuestra disposición todo su mundo, toda su magia, un montón de misterios, de placeres desconocidos.
No queremos pensar que eso no durará, que acabaremos aburridos, haciéndonos reproches, odiando lo que amábamos, intentando escapar, pero...
Si nos pudiesen borrar del corazón durante el sueño todo lo que nos ha dolido, lo que nos asusta,
nos encontraríamos al despertar con un montón de piezas deslavazadas que nos sabríamos dónde colocar,
un cuento al que le han arrancado un montón de páginas.
No podríamos ser felices sin ser infelices.
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