Para mayor facilidad

09 mayo 2008

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Estás en la parada del autobús con cara de ocho de la mañana. Ojos aún no muy centrados, pelo peinado y jersey de cuello vuelto. Siempre has odiado esos jerseys, pero hace frío, aunque no dejas de estirarlo y estirarlo como un acto reflejo del que siente la soga en su pescuezo. Te sientas entre camisas y corbatas, te encajas entre rodillas, hombros, caderas y codos. Echas un vistazo a tu alrededor y piensas en historias fugaces sobre pasajeros y viajes. Ante tal absurdo, te enfadas con la mañana de este día lluvioso y metes los morros en las profundidades de tu bolso. Rebuscas con la pericia de un amante antiguo hasta sacar tu libro arrugado por las llaves y el tabaco. Dejas que tu mal humor se escurra por las letras y te abstraes en palabras: azul, paseo, Luis, Dublín... De repente percibes un olor, levantas la mirada, me ves... .Me miras sin detenerte un segundo y vuelves a enfrascarte en tu libro. No me reconoces. Soy Luis y tu no me reconoces pese a haberme olido muchas veces en las ciento doce páginas que ya has leído. Ya se que no crees en los absurdos y que mi mirada fija en ti te incomoda. Creo que en esta mañana, en este autobús, me eliminarás de tu vida y de tu memoria para encerrarme de nuevo entre las páginas del libro, para llevarme en tu bolso por calles mojadas, por escaleras y ascensores, por mesas, sillas y sofás; para salir conmigo, para entrar conmigo, para meterme en tu cama y luego abandonarme y sólo poder mirarte desde tu mesilla de noche. Me bajo del autobús pegado a tus talones, te sigo por las calles y pienso que es irónico: Hay historias de amor que comienzan en los transportes públicos, hay historias de amor que se frustran en la siguiente estación, y hay otras que duran quince días y van metidas en tu bolso, pero nunca te darás cuenta.

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